Es media tarde y el sol va dando tregua al equipo de fútbol que juega su partido diario en las calles de la Isla de Goreé. Son las calles de arena que separan las antiguas casas coloniales, hoy de paredes desconchadas salvo las que recuperaron los inversores franceses como hoteles exclusivos. Calles que atraviesan una isla de apenas 900 metros de largo y 300 de ancho, desde a colina del Fuerte, en la que los artistas y artesanos locales han instalado su negocio hasta la breve playa donde un joven atlético entrena con la esperanza de ingresar en un equipo deportivo o en el ejército. La Isla de Goreé es el lugar tranquilo frente a Dakar, el remanso turístico de Senegal y el último bastión del comercio negrero que asoló la costa occidental del continente africano. Un paraíso ajeno al tiempo, apenas a 20 minutos en ferry de la caótica capital senegalesa, y que recibe al visitante al ritmo del último disco de Ismael Lo.
Una pintura al fresco sobre una pared desvencijada te advierte de que no estás en un lugar cualquiera. Estás en el último puerto donde se fraguó la conciencia de negritud y donde nació también el orgullo y la lucha por la independencia. Los dibujos de mural, como la isla, como Senegal entera, entremezclan lo vivido con las iniciativas para ir construyendo. Es sólo un viejo edificio con la pared pintada, en cuyos cimientos los niños han instalado un futbolín comunitario para que el pasado no les distraiga. Es sólo un mural pintado que se adelanta a la visita obligada: La Casa de los Esclavos.
La Isla de Goreé cuenta con el más que dudoso honor de haber sido uno de los principales asentamientos del comercio negrero. Cincuenta años antes de que Colón descubriera América, llegaron aquí los portugueses, y después los holandeses, y después los franceses. Todos ellos, durante tres siglos, desplegaron sus "dotes administrativas" sembrando la costa atlántica de estas "Maisons des Esclaves". A ellas llegaron hasta 20 millones de indígenas cazados en el interior a los que se separaba cuidadosamente en calabozos: hombres, mujeres, vírgenes y, alejados de todos, los niños, para que sus madres no oyeran los llantos. Para los colonos era un triángulo comercial de lo más rentable. Traían de Europa baratijas que intercambiaban por esclavos. En la orilla americana los vendían por café, algodón y caña de azúcar; mercancías valiosas por las que obtenían pingües beneficios de nuevo en el viejo continente.
Es el legado de los colonos, hoy concentrado en la puerta de madera de la Casa de los Esclavos, la puerta "del no retorno"; que desde este sobrecogedor museo se sigue manteniendo abierta al horizonte. Un legado al que la pequeña población
de la Isla de Goreé -apenas 1.200 habitantes- responde con una mirada serena que encierra el perdón, un perdón aún más grande que el horror perdonado. Y entierran el dolor bajo sus casas de colores, bajo los cuadros vitalistas, bajo la algarabía de los más jóvenes y los yembés de los artesanos. Se entierra bajo los pequeños restaurantes de pescado, la playa tranquila y las calles que no conocen coches, ni motores, ni asfalto.
Porque Goreé representa el alma del viejo superviviente al que ya no pueden hacer daño, del gigante con las heridas curadas que sonríe y se ofrece, y nos regala su presente, sus vendedoras de collares que se sientan y conversan, y te hacen reír y sentir que estás en casa. Goreé se te ofrece con sus menús recién pescados, sus hoteles coloniales, su vida que no agrede y su belleza a los que vamos llegando.
De nuevo suena Ismael Lo, el cantante más internacional de Senegal, el más venerado. Sus letras resumen el sentimiento de esta isla; ya no hay victimismo, ya terminó el pasado, y ahora son protagonistas de su propia historia, de un futuro repleto de posibilidades. Y lanza en wolof su mensaje: "ustedes, los niños de África, levántense para construir nuestro país".
Cae el sol y uno de esos niños mira el mar desde la playa, y del ensimismamiento le saca su hermano, aquel joven atlético que entrenaba, y que le enseña nuevos ejercicios. Y vuelven a mezclar su piel con la arena mientras se van encendiendo las barbacoas de pescado.
Main Bazar se ha convertido en mi barrio. Ya todo me parece cotidiano. Ya todo está integrado. La agencia es el punto de encuentro y las compras, en lo más hondo de mi ser, me traen al pairo.
● La casa de Saján
Saján tiene una casa y una familia. La casa es grande y a la vez humilde. Tiene lo esencial, y en este calificativo entra por supuesto un pequeño templito, junto al cuaderno de pegatinas de Disney de su hijo. Además de esto la casa tiene una cocina vieja, un baño con agujero y un pasillo abierto en la escalera, en el que hacen vida con el resto de la familia con la que comparten el edificio. El salón-dormitorio tiene un sofá y dos butacas, una alfombra sobre la que cenamos y una cama en la que sus dos hijas duermen, cada una con la cabeza en un extremo.
Saján y Frank estuvieron debatiendo si nos invitaban a cenar porque al primero le daba vergüenza que lo suyo nos pareciera poco. Esto nos lo dice después de cuatro cervezas y dos lingotazos. Después de que Franck nos enseñara su dentadura rota. Después de que Ele hiciera el truco de magia, después de que hoy hiciera el de los índices en la nariz. Después de que Priti me abrazara. Después de que su mujer se echara al suelo a jugar al juego de las palmas. Después de que su cuñado le regalara a Ele el colgante de OM. Después de que todos nos convirtiéramos en niños sin tiempo ni espacio y nos riéramos con ganas. Antes de que regresáramos los tres en la misma moto, cruzando Delhi, sorteando los baches de asfalto, ya de madrugada.
Y Saján pensó que sería poco para nosotras.
Es la última noche en Delhi, en la India. Sentadas en la escalera de la entrada del Metrópolis fumamos un cigarro. Como en Madrid, me gusta sentarme y observar la ciudad dormida. Y entonces llega Rohit, el otro cuñado de Saján, que trabaja en la agencia toda la noche. Es guapo y tímido. Lleva en el bolsillo de sus vaqueros ajustados un pañuelo con el que se limpia la nuca y la frente para que no le brille la piel. Quiere hacerse fotos con nosotras y pasea por la calle con estilo. Es el dandy tierno de Main Bazar.
A la India le he dicho de todo, y ella me ha contestado lo que le ha venido en gana. Ahora que me voy, se me encoge el pecho porque no sé cuándo volveré a sentir la intensidad de este encuentro. Mal que me pese, Namaste, India.
A las cinco y diez se te ilumina la cara
de entre todas las fotos
de entre todas las cosas de la casa
hay luz en tu cara
un rayo de sol acierta a esquivar la tela blanca
y repara en tu sonrisa.
Canta María Creus y yo tengo una duda
y tus ojos me siguen mirando mientras la luz se apaga
a las cinco y cuarto quedan tus mechones
y sabes que quiero estar en tu vida
a las cinco y veinte me recuerdas a mí
a quien dicen te pareces
y me recuerdas que también yo soy una niña chica
con tu curiosidad, tu avidez
con tu impaciencia
y me recuerdas que quiero jugar
y te conviertes en un pro para cualquier decisión
determinante para cualquier negocio
que ningún trato te arrebate la risa
la luz de esos trazos que significan los halagos
y ya no sé si te escribo o me escribo
si me ha de ir bien para mí o para ti
y qué es eso de irme bien
y para qué mirada.
Yo sólo sé que te miro y que por primera vez tú me miras
y que para ser las cinco y veinticinco, para que se haya ido la luz
estás tremendamente bonita.
Benarés es esta habitación. La India es Benarés. La madre de Ashis nos prepara una bolsa con frutas y galletas que ha bendecido en el río. También nos bendice a nosotras con flores secas y él me entrega su campana de meditación.
Llueve con un monzón enrabietado. La sala de espera de la estación tiene más sentido que nunca en este país de resignación. Un espacio techado sin puertas en el que buscan hueco los hombres y mujeres con harapos. Viejos dormitando en el suelo, tullidos que se arrastran y te tocan el pie pidiendo y te maldicen con odio, viajeros occidentales que se cobijan en la esquina de la oficina de turismo y no pierden de vista sus mochilas, vacas que atraviesan la estación desde los andenes, un ruido silencioso y gente que te escudriña. Algunos planos robados y cierta gratitud porque aún sea de día.
La India…. Millones de almas que enredan por las calles en busca de algo mejor… aunque sea en otras vidas….